martes, 9 de febrero de 2016

Estoy preso en un doble discurso del que no puedo salir. Por un lado, me digo: ¿y si el otro, por alguna disposición de su propia estructura, tenía necesidad de mi insistencia? ¿No estaría justificando, entonces, que me abandonara a la expresión literal, al decir lírico de mi "pasión"? ¿El exceso, la locura, no son mi verdad, mi fuerza? ¿Y si esta verdad, esta fuerza, terminaran por impresionar? Pero, por otro lado, me digo: Las señales de esta pasión amenazan con asfixiar al otro. ¿No es precioso ahora, justamente porque lo amo, ocultarle cuánto lo amo? Veo al otro con una doble mirada: a veces lo veo como objeto, a veces como sujeto; vacilo entre la tiranía y la oblación. Me aprisiono a mí mismo en un chantaje: si amo al otro, estoy obligado a querer su bien; pero no puedo entonces más que hacerme mal: trampa: estoy condenado a ser un santo o un monstruo: santo no puedo, monstruo no quiero: por consiguiente, tergiverso: muestro un poco de mi pasión


Fragmento de un discurso amoroso- Roland Barthes.

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