sábado, 20 de diciembre de 2014

vaivén

El eliquibrio de estos tiempos no se compara con ningún momento previo de mi vida. O muy arriba, o muy abajo, me costaba mucho desprenderme de esos estados. La euforia o el abismo.
Me sigue atrayendo la melancolía, la soledad, los modos sepias de mirar el universo, pero desde otro ángulo.
Bukowski me parece respetable, me suena familiar esa desilusión, esa nostalgia, tristeza permanente, pero ya no me identifico tanto.
Bukowski me odiaría por ser una buena actriz que se disfraza de inocente, si me escucharía lo alteraría con mi personalidad infantil, pero un día afloró como un escudo, un caparazón, y hoy me sigue cuidando. Ser infantil es un remedio a la depresión, es encontrar nuevas formas de ver las cosas, es evitar la responsabilidad que conlleva crecer y empezar a sonreír menos frecuentemente, a animarse cada vez menos, a estancarse. 

Puede que mañana la marea baja del presente se vea amenazada por una ola, un huracán que destruya lo que construí, esta tranquilidad, este oxígeno, el más puro de mi vida. Todos sabemos que la vida se va turnando en buenas y malas, y que existen las rachas y nuevamente aparece algo que nos sorprende para bien o para mal.
No sé si asustarme, si disfrutar el momento, o si esperarlo naturalmente, y cuando llegue y me hunda la oscuridad ya no estaré desprevenida, y el dolor dolerá menos, y el ardor arderá poco, y me sentiré satisfecha de todas formas.

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