martes, 22 de noviembre de 2011

Es increíble realmente como cada día crece en mí un sentimiento desesperado de quererte. Quererte en todos los sentidos que podría desarrollarse la palabra. Quererte, amarte, quererte egoísta, querer verte, querer tenerte, querer borrar de mi cabeza todo lo que sucede alrededor. Nada importa, salvo nosotros... No puedo mentir, todo importa, todo incumbe, todo molesta, no existe paz en el contexto donde nos ubicamos y tampoco hay víctimas y culpables.
Mi crisis interior mientras tanto se ha convertido en una bola inmanejablemente inmensa. No soy buena para nada, no me sale una sola cosa bien, y deseo a cada instante desaparecer de la faz terrestre. Nada, y cuando digo nada quiero que quede claro que nada, excepto tu amor puede salvarme de un modo único, natural y sobretodo perfecto. Porque... no importa cómo, siempre encuentro imperfectamente perfecto cada uno de tus defectos, virtudes, acciones, palabras. No quiero involucrarme mucho hasta el punto de sufrir, sé que a una persona como yo, un tanto demasiado sensible ciertas cosas no le favorecen, el amor es uno de esos puntos a tener en cuenta. Por eso quiero y no puedo dejar de pensar en vos, ¡estás en mi cabeza, vivís ahí y no querés irte! Me hacés bien, sí, me sacás una, dos, tres, miles de sonrisas pero sé -de antemano desconfiada- que pronto vendrá a buscarme el dolor enfermo y no quiero llantos, dolores, depresiones. Quiero tu persona. Sea como sea, apueste lo que apueste, duela lo que duela me gustás y esta vez me la juego, y pongo mi fe y mis expectativas en algo quizás real quizás imaginario, pero algo que no puedo evitar, vos.

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