jueves, 9 de diciembre de 2010

Ella no podía negarse a él, su único Dios, el amor en carne y hueso. Él lo sabía, pero no sé si con gran certeza de realidad y gracias a su escasa, casi nula inteligencia comezó a usarla como un juego. Ella no podía negarse, cuando él la tocaba podía sentir sensaciones de inframundo, nunca antes sentidas. Claro estaba para él que todo esto no sobrepasaba los límites de la lujuria y el frenesí, pero para la mente carcomida de ella era el amor más puro.
Un día ella se fue, sin rastros ni huellas, sin despedidas románticas. Partió en busca de lo que se merecía, un amor natural como los jazmines que le regalaba su abuelo de pequeña. Un amor sincero, un amor apasionado, intenso. Él, no creyó que fuera para tanto, se había ido su compañera de noches, pero no mucho más que eso, por lo menos esa postura tuvo durante 1 semana. Luego de ese transcurso, corto pero aclarador, surgieron desde lo más agudo de sus sentimiendo indicios de amor, nudos en la garganta, una gran sensación de vacío. Ella ya no estaba, él no pudo verla. Quizás ella acertó, porque si no hubiese sido por su partida nunca se hubiesen aclarado los sentimientos de aquel hombre, que por creerse fuerte, por hacerse el fuerte, sufrió por amor.

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