jueves, 19 de agosto de 2010

Diosa - Sencilla.


El mundo no te perdona fácilmente, siempre me limité a darle importancia solo a mi alrededor y creo que ahora estoy abonando mi deuda. Cambié, como todos cambiamos, ahora no quiero ser famosa, vestirme con marcas extranjeras, y consentir a mi entorno. Ahora quiero dar mi vida por el bien, no me importan las hirientes palabras de los demás, no me preocupa la envidia -si es que así se puede llamar- ajena. Mi destino estaba escrito, o al menos parecía que sí. Yo, casada, con uno, tal vez dos hijos y una casa o departamento amplio. Un laburo que no de esfuerzo pero aún así gane mucho dinero. No sé, varias cosas superficiales más. Basta con decir que mi esposo en mis sueños era el soñado, lindo, sincero, tierno. Un día caí en la realidad, supongo que fue difícil aceptar que yo no era esa de mis sueños, ni siquiera me parecía, ni siquiera me agradaba. Sabía que para comenzar a transformar lo que quería antes que nada, principalmente tendría que ser yo ''la diosa'' no voy a fingir por un poco de amor tal vez engañoso por parte de los demás. No soy diosa, ya no me importa serlo. No tengo ni el meñique parecido a ella. En la realidad de ahora soy esa que en mi anterior sueño utópico discriminaría. Tranquila, sencilla. ¿Sencilla? Sí, sencilla, ya no quiero ser el ombligo del mundo, prefiero pasar desapercibida sabiendo que lo que hago está bien. Confieso que ese sueño era de chica, como también confieso que era demasiado difícil de cumplir. Ahora me conformo con una vida feliz y eso cuesta todavía más, quiero ser feliz ayudando humanos y animales, no me importa el marido perfecto, ahora me importa el amor. Me gustaría una casa grande (¿a quién no?) pero prefiero darle importancia a las demás cosas y esta vez, sí pagar lo que tenga que pagar.

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